(Regional Córdoba del Partido Socialista de los Trabajadores, Frente de los Trabajadores,
Navarrazo, Allanamientos y bomba al local del PST, Villa Constitución,
Asesinato de César Robles, Rodrigazo, luchas docentes, golpe de estado, la
iglesia, el robo de bebés, Devoto, exilio.)
Tardé 50 años en decidirme a escribir este
testimonio. Siempre militando, nunca tenía tiempo de volver la mirada atrás.
Por fin lo hago. Pensando en que sirva a las nuevas generaciones a seguir
luchando por el Socialismo y una socieadad cada día más humana.
El clasismo cordobés y el Navarrazo
El terrorismo de Estado comenzó en 1974. Ya a fines
del 73, cuando asumió la presidencia Perón, convocó a su ministro de Bienestar
Social y secretario privado durante el exilio, José López Rega y a dos ex
comisarios, Alberto Villar y Luis Margaride paa proponerles que organizaran
grupos paraestatales que cumplieran la tarea de "limpieza". Estos
formaron la Alianza Argentina Anticomunista, la terrible Triple A. Durante los
años posteriores desde el 74 al 76, junto al Comando Libertador en Córdoba,
asesinaron entre 900 y 1.100 jóvenes estudiantes, activistas sindicales
antiburocráticos, personalidades de la cultura y de la izquierda en sus
diferentes vertientes.
Córdoba era la cuna del Cordobazo de 1969 que había
derrocado a la dictadura de Onganía. Donde se había gestado la unidad obrero
estudiantil más fuerte de la época. Entonces, como estudiante de arquitectura,
yo había formado parte de ese movimiento estudiantil que se sumaba a las luchas
de los obreros de una de las mayores concentraciones automotrices del país. El
clasismo cordobés, enfrentado a la burocracia sindical de la CGT, con
dirigentes como Salamanca del SMATA, Tosco de Luz y Fuerza, Massera y Páez del
SITRAC-SITRAM eran símbolos de la resistencia a los planes de ajuste. La
patronal necesitaba derrotarlos y para eso había llamado a Peron a regresar al
país desde su exilio en España.
En febrero de 1974, el jefe de la policía de
Córdoba, Teniente coronel Antonio Navarro, se sublevó y derrocó al gobernador,
Obregón Cano y al Vice, Atilio López, ambos de la izquierda peronista que
habían legítimamente ganado las elecciones en marzo de 1973. Allanaron nuestro
local, la mítica torre de la calle Humberto Primo y Avellaneda, el del SMATA,
de Luz y Fuerza y el del PC: En nuestro local se estaba desarrollando una
reunión a la que habíamos convocado al activismo a resistir el golpe de Navarro.
Alrededor de 20 compañeres fueron detenidos a los golpes y llevados a la
D2, la central de policía en el Cabildo. Había que parar esta ofensiva.
Veniamos preparándonos para ataques de grupos fascistas, pero esto era
terrorismo de estado. Diferente. La editorial Pluma publicó los libros de
Trotsky La Lucha contra el fascimos en Alemania y A donde va Francia. Allí
aprendimos cómo surgió el fascimo y cómo proponía Trotsky hacerle frente. Hacía
tiempo que nuestra regional había empezado a hacer guardias de autodefensa en
el local y la militancia más firme había empezado a aprender a manejar armas.
Recuerdo haber ido a aprender a la Serranita. Era yo muy mala para apuntar.
Además, un peligro... los disparos hacían eco en las sierras.
A la par
que intentábamos desarrollar grupos de autodefensa nuestros, como partido, y
con el activismo clasista, el partido intentó la unidad de acción con sectores
más amplios en defensa de las libertades democráticas. Así fue que fuimos parte
de un grupo de 8 partidos, radicales, intransigentes y del partido comunista
que pedimos una entrevista con Perón para reclamarle la restitución de las
autoridades del gobierno de Córdoba a quienes habían sido democráticamente
electos, y el pleno ejercicio de las libertades democráticas en la provincia.
En lugar de condenar al policía insurrecto y restituir al gobernador, Perón
intervino la provincia con un brigadier, Raúl Lacabanne, que inició la
represión institucional y amparó a los grupos paraestatales que empezaron a
asesinar tirando los cadáveres acribillados en la vía pública. Era su modo de
operar.
En abril de 1974 fui parte de la comitiva del PST
que viajó a Villa Constitución a solidarizarnos con la directiva encabezada por
Piccinini, que había ganado las elecciones después de una lucha heroica y que
eran amenazados por la UOM nacional. El PST en esa ocasión planteó que era
necesario formar una coordinadora con todos los sectores que estaban presentes
para organizar la resistencia a la ofensiva que se vendría contra todas las
direcciones combativas y antiburocráticas. Los convocantes habían sido Piccinini,
Tosco, Salamanca, Vila de la interna de Perkins de Córdoba, representantes del
sindicato de Ledesma de Jujuy, del sindicato de Farmacia, AUDEC, sindicato
docente de Capital Federal, entre otros. Llegaron representantes de 40
comisiones internas del Gran Buenos Aires y 10 de Neuquén en su mayoría de la
construcción. Entre los oradores, lo recuerdo a Luis Manevi de Estándar
Electric, compañero del PST. Estaban todas las corrientes menos la JTP que no
terminaba de romper con Perón. Empezamos a cantar: “Llegó la hora de la
coordinadora”. Tosco no quería la coordinadora porque decía que había que
esperar a que se sumaran corrientes de la izquierda peronista. Nos respondían:
“No rompan más las bolas con la Coordinadora”. Luego de ese encuentro,
empezaron a descabezar a casi todas las direcciones combativas, pero de a una,
sin poder articular una resistencia unificada a nivel nacional.
En septiembre de 1974 asesinaron a Raúl Curuchet,
un joven abogado que defendía a los sindicatos combativos de Córdoba y a los
presos del ERP. Recuerdo que miles fuimos a su velatorio en una verdadera
manifestación de dolor y bronca. Uno de los más grandes que pudimos
hacer.
Por entonces ya habíamos empezado a funcionar en
semiclandestinidad. A reunirnos en casas, a tabicar los equipos del partido, de
modo de que no conociéramos los domicilios de los otros, pero seguía nuestra
militancia a pleno, en las puertas de fábricas, en las asambleas fabriles y
escolares.
Ataque al PST y asesinato de César Robles
En octubre de 1974 tuvimos un nuevo allanamiento
donde detienen una veintena de compañeres. Muy golpeados. Las compañeras
sufrieron vejámenes en pleno operativo. Destrozaron la imprenta y el
mobiliario. Fueron detenidos nuevamente en la D2, donde fueron golpeados y les
iniciaron causas judiciales.
Como ocurrió con otros locales en otras provincias,
atentaron con una bomba poderosa a nuestro local de Córdoba. Era una
construcción muy antigua, que tenía paredes de 45cm de espesor. La base
de la torre queda sin paredes y sin puerta. Una persona que vivía en el local
de al lado quedó sorda. Nunca más volvimos.
El 2 de noviembre se iba a realizar en Buenos
Aires, una conferencia de nuestro partido. Viajamos César, Ricardo y yo.
Orlando M. ya estaba en Buenos Aires. En el momento de viajar nos enteramos del
asesinato Villar, reivindicado por Montoneros. Al llegar a Buenos Aires, del
asesinato de dos compañeros nuestros a los que habían sacado de sus domicilios,
Rubén Bossas y Juan Carlos Nievas.
Hay que recordar que después de la masacre de
Pacheco en Buenos Aires nuestro partido realizó un gran acto y una gran
marcha con la participación de los centros de estudiantes y delegaciones de las
las fábricas donde trabajaban Oscar Mezza de astilleros Astarsa, Tony Moses, de
la metalúrgica de Wobron y Mario Zida, estudiante de la técnica de Tigre. Allí
Moreno convocó a todas las organizaciones presentes a una reunión para
organizar la lucha unitaria contra las bandas fascistas. Solo concurrió un
grupo. Ortega Peña, abogado diputado del Peronismo de base hizo un discurso
histórico diciendo que el responsable de los asesinatos era Perón. A los pocos
días, la Triple A lo acribilló a balazos. El cortejo de su entierro fue
reprimido y detuvieron centenas de compañeres. Cuando el asesinato de Villar,
las Triple A, que actuaba con la policía, fue a la casa de todos los detenidos
en el entierro de Ortega Peña que le había proporcionado la policía. Allí
cayeron nuestros dos compañeros.
Cuando terminó la conferencia, muy compungidos por
los asesinatos de nuestros compañeros, nos dirigimos al aeropuerto para
regresar a Córdoba. No pudimos tomar el avión porque habían postergado el
vuelo. En el trayecto fuimos a buscar un lugar para dormir. Mientras
esperábamos en la puerta de un edificio en la Avenida Alberdi donde esperábamos
alojarnos, un Falcon verde sin patentes y con itakas que asomaban por las
ventanillas se estacionó a nuestro lado. Aterrorizados empezamos a correr por
la calle Centenera. Al llegar a Primera Junta lo secuestraron a César y lo
asesinaron acribillándolo a balazos a algunas cuadras en la calle Yatay. A mí
no me agarraron. Por un testigo, posteriormente supimos por una persona que
estuvo presente que alcanzó a gritar su nombre, que era del PST y que las
Triple A lo estaba secuestrando. También que un policía que cuidaba el tránsito
se acercó al Falcon que había entrado a contramano. Que del auto, había salido
un individuo que le mostró una credencial y el policía se retiró mientras
observaba el secuestro.
La despedida de César y de los compañeros se hizo
en el local central del PST en el barrio del Once. Esta vez no se pudo hacer un
gran acto en la calle. Fue a puertas cerradas. Luego del acto le pedí una cita
a Moreno, quien siempre accedía a los compañeros que se lo pidieran. Yo tenía
solo 23 años y era, al decir de César, una hoja que temblaba en la tormenta. Me
animé a decirle que consideraba que no estábamos teniendo todas las
medidas de seguridad que el momento exigía. Moreno escuchó con respeto. Días
más tarde un boletín interno ajustaba más la semiclandestinidad en la que ya
estábamos.
César había sido junto con Orlando, la Loba, el
Chino, Luis Jaroslavsky, Marita, Eduardo, Ariel y Liliana que fueron a Córdoba
desde Buenos Aires, los fundadores de nuestra regional luego de la ruptura con
el PRT de Santucho. La regional del entonces PRT (La verdad) había
desaparecido. César era el dirigente más reconocido y querido. Empezó a ganar
compañeros y sobre todo a ganarse el respeto de la vanguardia clasista que
estaba muy influenciada por la guerrilla. No era fácil. El PRT (LV), luego PST,
venía a decir que había que ganarse a la base del movimiento obrero para la
lucha, en contra de las acciones vanguardistas. Su asesinato golpeó a la
regional y al propio activismo clasista.
Años más tarde fui testigo en el juicio que
hizo su hija Andrea Robles contra las Triple A. El juicio estaba a cargo del
juez Oyarbide quien nunca interrogó a los policías de la comisaría donde
ocurrió el secuestro. La causa se archivó.
El Rodrigazo y el Plan Mondelli
Durante todo el año 74 y 75 las luchas obreras
continuaron. Eran muy fuertes las tomas de fábrica y realmente la patronal no
estaba pudiendo disciplinar al movimiento obrero e imponer sus planes. El
gremio docente, con nuestros sindicatos, la UEPC para las escuelas
públicas, y el SEPPAC para los privados, llevábamos adelante importantes paros
nacionales de la CTERA. Los reclamos eran por salario, presupuesto y también
por una ley de educación discutida democráticamente. Formábamos parte de la Mesa
de Gremios en lucha y sosteníamos la unidad con el movimiento obrero
industrial.
En junio de 1975 el ministro de Economía, Celestino
Rodrigo, anunció un plan económico drástico, con congelamiento de salarios
previa suba de tarifas y quite de un montón de conquistas. Este plan
inmediatamente fue resistido por movimiento obrero que inició conflictos, paros
y protestas por fábrica. Se empezaron a constituir coordinadoras zonales porque
obviamente la burocracia central de la CGT no respondía. En Córdoba, la
Mesa de gremios en lucha se formó con los sindicatos y organismos que quedaban
en pie. Salamanca estaba preso, pero que sobrevía una conducción que era la
lista marrón. Nuestros compañeros del PST tenían un equipo en la fábrica con un
gran orador, Ricardo. Tosco de Luz y Fuerza había pasado a la clandestinidad en
1974 y fallecido en noviembre de ese año. El SITRAC-SITRAM de la FIAT había
sido descabezado en el año 71 y despedido la mayoría de sus activistas.
Habíamos logrado que ingresara el sobrino del petiso Páez, histórico, dirigente
del SITRAM. Tony Páez era muy jovencito. Tenía 22 años y pasó a ser el que
lideró la lucha contra el plan Rodrigo prácticamente solo, sin organización. Un
Llanero Solitario que se subía a las máquinas, y de ahí convocaba a parar, y la
fábrica paraba. Representaba la leyenda del SITRAC descabezado, pero que
pervivía en la memoria de sus compañeros. De la mesa participaban los
activistas del Sindicatos de Empleados Públicos (SEP), las comisiones internas
del Banco de la Nación y del Banco Provincia. Asistí a algunas de las reuniones
de la Mesa ampliada de la Coordinadora como docente de UEPC, sindicato en el
cual era delegada por mi escuela, el profesorado Domingo Cabred.
Finalmente, el plan Rodrigo cayó luego de una gran
movilización y paro a Plaza de Mayo que terminó teniendo que convocar la
burocracia frente a la rebelión que había en las fábricas. Con la caída del
Plan, cayó también Rodrigo y López Rega, el ministro de Perón, al que
llamábamos el brujo porque se dedicaba al esoterismo. Era quien conducía a
Isabel Perón luego de la muerte de Perón. Nosotros veníamos denunciándolo desde
hacía tiempo. Por esas cosas que pasan en la conciencia de masas no lográbamos
que fuera tomado por el conjunto de la población. Pero mágicamente, también por
esos fenómenos de la conciencia de los movimientos de masas, ese día la
movilización gritó que se fuera el brujo.
En febrero de 1976, el nuevo ministro de Economía,
Mondelli, anunció un nuevo plan económico que era prácticamente la reedición
del Plan Rodrigo. Empezaron nuevamente las fábricas a organizarse. Las
coordinadoras a prepararse para nuevos paros. Pero no se llegó a
desarrollar el paro nacional que teníamos previsto. El PST en Córdoba había
pasado a tener un peso desmedido en relación a sus reales fuerzas. La mayoría
de los activistas ligados al ERP y a Montoneros habían renunciado a sus puestos
de trabajo y pasado a la clandestinidad a hacer acciones armadas. Esa era la
propuesta central de su estrategia. Nuestros compañeros dirigían fábricas casi
solos. El 23 de marzo, la mesa regional de la dirección del PST en Córdoba
estábamos reunidos clandestinamente en la casa de un matrimonio de compañeros
en barrio Jardín. Empezamos a discutir qué día era más conveniente convocar al
paro provincial. Esa era la realidad de nuestro partido y del movimiento
obrero. También era parte de ese movimiento Política Obrera y el Partido
Comunista Revolucionario.
Días antes del golpe habíamos publicado en los
diarios una declaración con mi firma donde alertábamos del peligro del golpe y
llamábamos a organizar la resistencia. Yo había estado en la escuela de verano
de Buenos Airesdonde la dirección nacional nos había dado un informe diciendo
que debíamos prepararnos para las dos hipótesis: que el Plan Mondelli cayera
con la movilización y se profundizara la crisis del gobierno o que ésta no
llegara a ser tan fuerte y triunfara el golpe militar. Recuerdo que hice ese informe
y se armó la discusión. Algunos compañeros negaban el peligro del golpe. Era
tal la borrachera por la fuerza que estábamos teniendo en las fábricas que
costaba que se trasmitiera a los equipos esta caracterización. La ausencia de
una coordinación nacional con las coordinadoras de Buenos Aires, luego de
haberse desarticulado la propuesta en el 74, dificultó la resistencia. Triunfó
el golpe.
El golpe de estado. La iglesia. El nieto de Sonia
Torres
Cuando se produjo el golpe ya estábamos en
clandestinidad total. Ninguno de nosotros vivía en su domicilio legal. En mi
caso, el legal era el de mis padres en Parque Velez Sarsfield. Yo vivía en otro
en barrio Maipú con Liliana y Tony.
Mis padres sufrieron el allanamiento de la casa por
una patrulla del ejército buscándome los días 24, 25 y 26 de marzo. El primero
fue tranquilo. Ya el segundo y el tercero fueron más violentos a punto tal que
dispararon un tiro y casi matan a la perra. Amenazaron con llevarse a mis
hermanitos más pequeños que vivían con mis padres si yo no me presentaba. Mis
padres no conocían mi domicilio. Así estaba previsto. Los llamé por teléfono y
me enteré lo que estaba sucediendo. En esos días detuvieron a Raquel B, la
compañera que era apoderada del partido en Córdoba. Le informaron que el PST
estaba disuelto y que debíamos abstenernos de realizar actividad política. Un
militar retirado, vecino de la casa de mis padres les ofrece acompañarme a un
puesto de la aeronáutica a legalizar mi situación. Orlando viajó a Buenos Aires
y consultó a la dirección nacional si era válido aceptar la propuesta.
El día 27 salí de la casa donde había quedado
atrapada, la de Eduardo en barrio Jardin desde la noche del 24, para hablar con
Gringo que me daría la respuesta. Detrás mío, una patrulla del ejército me
pidió que me corriera pues empezaba un rastrillaje en la manzana que yo acababa
de dejar. Los rastrillajes eran operativos donde el ejército allanaba casa por
casa. No había escapatoria. Gringo me informó que, con el antecedente de lo
ocurrido con Raquel y algún otro caso en Buenos Aires la dirección autorizaba
que me presentara a la aeronáutica. Yo había visto las películas de la Guerra
de Argelia. Sabía lo que era la tortura y creía que podía afrontarla. Pero lo
que no podía ni imaginar y no iba a superar era que se llevaran a alguno de mis
hermanitos por mi causa.
Bueno, no tuve la suerte de Raquel. Mis
antecedentes eran más complicados. Tenía varias detenciones, una el 1972 cuando
la matanza de Trelew, mi militancia en el gremio docente, hasta la última en
enero de ese mismo año 76. Sin otro paso la aeronática me depositó en el Buen
Pastor, una unidad penitenciaria que dependía de las monjas de esa orden. Era
una cárcel que tenía dependencias donde estaban las presas comunes y otra donde
habían estado las chicas del ERP hasta su fuga. Nos metieron en esos mismos pabellones,
frente a la iglesia de los Capuchinos.
En el Buen Pastor estábamos alrededor de 30
mujeres, sin causa judicial, a disposición del Tercer Cuerpo de Ejército,
comandado por Benjamín Menéndez, incomunicadas, sin diarios, ni radio, ni
visitas. Mi familia no tenía ni un papel donde el ejército se hiciera cargo de
mi presencia.
Las monjas establecieron un puente de comunicación
que les permitió a nuestros familiares tener noticias una vez a la semana. Los
recibían en un saloncito y les contaban de nosotras, les daban adornitos que
tejíamos con lana destejida de nuestros abrigos y ellos nos dejaban ropa, algún
elemento de higiene personal. Una celadora nos permitía escuchar la radio a
través de una hendija de su office desde el que nos controlaba. Eso nos
permitía tener alguna noticia. Era desesperante nos saber qué pasaba afuera. Lo
más duro fue cuando empezamos a recibir a compañeras que venían del Campo de la
Rivera donde habían estado torturadas y desaparecidas. La Rivera, junto con La
Perla fueron los dos campos de detención, tortura y detención más grandes de
Córdoba. Ahi empezamos a conocer lo que estaba pasando afuera.
Entre las presas desarrollamos una comunidad con
mucha solidaridad. No teníamos nada para hacer. Ni libros, ni diarios, ni
herramientas para manualidades, y eso era parte del castigo. Entonces nos
organizamos para que la falta de actividad no nos hiciera entrar en depresión.
¨Pusimos en funcionamiento un economato que era un pozo común donde
compartíamos el azúcar, la leche, y los artículos de higiene que eran las pocas
cosas que permitían pasar a los familiares. Teníamos todo el día ocupado. Una
señora que era contadora, esposa de un ministro del caído Obregón Cano, nos
daba cursos. Otra, la madre de una de las chicas que había escapado con la
famosa fuga del Buen Pastor del 75, que era profesora de Biología nos daba
clases de su materia. Dorita M, compañera del PST, nos enseñaba a tejer al
crochet con agujas de las monjas y a diseñar regalitos para las familias.
Aprendimos a hacer té gitano con una receta que nos pasaron las gitanas que
estaban en el pabellón de las presas comunes. Y dulce de kinoto que no recuerdo
de dónde los sacamos.
A la hora del recreo por una hora en un patio
abierto, caminábamos en ronda pues no nos dejaban hacer ejercicios físicos. Los
penitenciarios se paseaban por los bordes de las paredes con sus metrallas
controlándonos. Yo sentía un poquito de libertad mirando las palomas que se
posaban en el borde de los muros y trataba de descubrir qué relación tenían
entre ellas. Lo único que veíamos para arriba era la cúpula de los
Capuchinos.
Por las tardes, hasta la hora en que apagaban las
luces jugábamos al ajedrez. Habíamos fabricado las piezas con miga de pan
mojada en saliva que habíamos descubierto le daba más solidez que el agua ya
que con ésta, las piezas se partían al secarse. Con ceniza de cigarrillo le
dábamos el color gris a las piezas negras. Cosas de la época, los militares
autorizaban el ingreso de cigarrillos y fósforos. Como no teníamos papel para
armar el tablero, dibujábamos los cuadraditos oscuros con grasa de la sopa en
las baldosas rojas. Diferenciados del resto de la baldosa más blanquecina,
quedaba un tablero perfecto.
Alguna vez me descubrí comiendo polvillo de las
paredes. Me di cuenta que era el cuerpo que me estaba pidiendo calcio dado que
la dieta del penal era muy pobre. ¡Qué sabiduría la de la naturaleza! Aprendí a
conocer mi cuerpo y a escucharlo como nunca. Pero no solo yo. A los meses todas
parecíamos doctoras y nos diagnosticábamos si sentíamos algo raro. La parte más
dura la llevaban las embarazadas. Durante mi estadía, compartí con dos
compañeras su embarazo. La hormiga, y Bombito. Ponerse sobre nombres era muy
común en la época, casi como defensa para no conocer el verdadero en caso de
tortura. Hormiga era delgada, alta y morocha. Bombito tenía una panza inmensa.
A las dos les compartíamos un poco más de la comida.
Bombito tuvo su bebé durante mi estadía. Lo llamó
Santiaguito. Era hermoso. Dormía a mi lado y yo hice de asistente. Había que
despertarse a la noche, ayudarla. Estaba llena de puntos por una cesárea y no
tenía fuerzas. Por suerte, Bombito se fue con su bebé y supimos que llegó bien
a su casa.
Un cura que nos visitaba cada tanto y daba misa.
Todas íbamos a misa porque era en una capilla a unos metros y eso nos permitía
salir del encierro del pabellón. Claro que yo no me confesaba. Las monjas
estaban desconcertadas con nosotras. No entendían que´pudiéramos ser peligrosas
y nosotras hacíamos de todo para ganarnos su contacto con nuestras familias.
Recuerdo que a una superiora, la madre Angélica Olmos, que era muy alegre, le
festejamos el cumpleaños, no recuerdo con qué payadas que armamos.
Monseñor Primatesta vivía en el Arzobispado a unos
metros del Buen Pastor. Sabía de nuestra existencia, aunque nunca fue a
visitarnos. Supe con el tiempo que mis padres fueron a verlo pidiendo por mi
libertad. Impasible les dijo que mejor no se metieran. Seguramente también supo
que en los calabozos que nunca conocimos, estaba Silvina Pärodi, la hija de
Sonia Torres. Silvina estaba embarazada, tuvo su bebé en la Casa Cuna y luego
la llevaron por algunos días al Buen Pastor. Luego le quitaron su bebé y la desaparecieron.
Nosotras no supimos de su existencia.
Me salto en el tiempo ahora para contar cómo
termina esta historia. En diciembre de 1983 cuando Alfonsín derogó el estado de
sitio, regresé a Argentina de mi exilio en Europa. Entonces fui al Buen Pastor.
Para mi desconcierto, en la entrada, unos uniformados me dijeron que las monjas
no estaban más. Que no se sabía dónde estaban. Me llamó la atención.
En 200.. (no recuerdo el año) recibí la citación de
la Juez Cristina Garzón de Córdoba en Comodoro Py para a atestiguar en una
causa. Yo no sabía de qué se trataba. Me preguntó si supe de la existencia de
Silvina Parodi durante mi estadía en el Buen Pastor. A lo que dije que no. Me
mostró un plano de una cárcel y me dijo si la reconocía. Le dije que no, que no
era el Buen Pastor. Fui estudiante de arquitectura y sé leer planos. Al cierre
la jueza Garzón me dijo que, si llegaba a saber algo de Silvina, no dudara en
ampliar mi declaración ante su juzgado. Cuando salí de la audiencia me acerqué
a dos mujeres que estaban al fondo escuchando. Ahí me enteré que eran Sonia
Torres y su abogada. Mi testimonio había servido a la jueza para desestimar la
denuncia de Sonia que aseguraba que su hija y su nieto habían estado ahí según
un testimonio de alguien de la Casa Cuna. Me quedé mal conmigo y me pregunté
por qué la jueza no me había mostrado un plano del Buen Pastor, pues ahí podría
haber señalado que la zona de los calabozos era diferente a donde nosotras
estábamos y podía haber estado ahí.
En el 2009, estando de visita en Córdoba, me enteré
por un comentario en una fiesta de la alta sociedad que un pariente de la madre
Angélica Olmos comentó que ella y las monjas del Buen Pastor estaban en un
geriátrico en las sierras, cerca de Cosquín. Busqué en el mapa un geriátrico
por la zona y fui. Estaba sobre la mano izquierda, medio escondido. Entré por
un caminito hasta una puerta con portero eléctrico desde donde me preguntaron a
quien buscaba. Muy segura de mí misma dije que buscaba a un familiar internado
y me abrieron el portón. Era un edificio antiguo, con muchos jardines y
puertas. Enorme. Empecé a caminar con paso firme como si conociera el lugar.
Atravesé salones donde había personas mayores con visitas. Pregunté donde
estaban las monjas y me señalaron que siguiera. Recorrí muchos pasillos,
siempre con paso firme y sin saber a dónde iba, hasta que se terminó el
edificio y vi otro al fondo. Seguí caminando hasta entrar a unos salones donde
había curas y más lejos, en otros, monjas. ¨Pregunté por la madre Angélica
Olmos. Me la señalaron. Me le presenté y manifestó una alegría enorme de verme.
Comenzamos a hablar con mucho afecto. Hablamos de cual había sido el destino de
cada una de las habitantes del Buen Pastor, cual se había casado, tenido hijos.
Manejaba celular y estaba al tanto de todas las novedades políticas del país.
Sacó una carta que le habíamos entregado, firmado entre todas, el día de su
cumpleaños y reconocí mi letra. La había guardado más de 30 años. Entre tantos
recuerdos cordiales le pregunté por Silvina Parodi, si sabía que había sido de
ella. Su cara se transfiguró. Con tono hostil me dijo: “Esa nunca estuvo con
ustedes. Esa era subversiva” Le hablé de Sonia, la abuela que buscaba a su
nieto, que tenía derecho a saber de él. Intenté tocarle la moral cristiana. Me
contestó peor aun: “Esa es de lo peor, subversiva”. Cortó la
conversación y se fue a su dormitorio.
Al salir fui a Abuelas donde les pedí le hicieran
llegar lo ocurrido a Sonia. Era una noticia muy fuerte para su cansado corazón.
Combinamos una visita juntas nuevamente. Esta vez ella se quedó afuera
esperándome. Le compró unas masitas a la monja que yo le había dicho que mi
padre les llevaba al Buen Pastor. Aun la recuerdo con su paquetito, llena de
ilusión, y luego esperándome a la salida. Entré con mi bandeja derecho al
comedor de las monjas. Esta vez la madre Angélica me recibió haciéndose la que
estaba perdida y no entendía mi conversación. En Abuelas me habían dicho que
una novicia había dicho en un evento que había estado detenida con Silvina y su
bebé en el Buen Pastor. Con ese dato la interrogué de frente a la madre. Ella
siguió con la miraba perdida como si no entendiera. Otra monja que supe se
llamaba Nancy Herrera, estaba al lado, escuchó y dijo: “Ah, ¿la hija del
militar? ¿La que tuvo el bebé? Yo le llevaba comida. ¿Dónde está ahora esa
chica?” Intuí que Nancy no sabía lo ocurrido y que no era de la conducción
del penal.
Con esa información salimos disparando. Yo me
presenté a declarar ante la jueza Garzón que resultó ser la sobrina de la monja
que se apellidaba Olmos Garzón, vaya, apellidos de la sociedad de Córdoba. Me
atendieron las secretarias del juzgado que mientras escribían en sus máquinas
de escribir mi declaración iban quedando pálidas. Una de ellas hizo un alto y
dijo: “Pero la jueza nos dijo que no se podía ir a pedirles declaración
porque eran muy viejitas y estaban con Alzheimer, no recordaban nada”. Les
conté que las monjas manejaban celular y leían el diario. Me pidieron que
esperara y llamaron a la jueza. Ésta vino con la cara transfigurada. Yo,
haciendo que no conocía su vínculo familiar con la monja, y apelando a la
invitación que me había hecho en Comodoro Py de ampliar mi declaración, le
conté todo lo que había averiguado. Su única intervención fue para preguntarme:
¿Su madre vive sola en Córdoba? En el momento no entendí su pregunta.
Luego comprendí que era un mensaje velado.
Fui una tercera y última vez al geriátrico, a
hablar directamente con Nancy Herrera. La encontré acostada en su cama, tapada.
Me presenté y se tapó. Me dijo que ella no sabía nada, que me fuera. Al tiempo
el juzgado fue a interrogarlas al geriátrico, por primera vez. Pero Nancy había
fallecido unos días antes. ¿Casualidad? Nunca supimos de qué. La jueza pidió su
jubilación. Nuevamente se cerraba el secreto, esta vez en una alianza cruel
entre los militares, la iglesia y la justicia. Así fue la dictadura en mi
ciudad natal. Todo lo aquí dicho lo atestigué en 2015 en el juicio de la Perla
y cuyos detalles publicó Página 12 el 31 de agosto de ese año.Sonia Torres
murió sin encontrar a su nieto, luego de casi 40 años dedicada a buscarlo, a la
par que ayudó a buscar a los nietos de otras abuelas. El Buen Pastor fue
derribado en sus pabellones y calabozos transformándose en un patio de comidas
durante el gobierno peronista de De la Sota.
La penitenciaría de San Martín.
Nos sacaron del Buen Pastor un día,
sorpresivamente, sin saber a donde nos llevaban. Nos trasladaron a la
Penitenciaría 1 San Martín. Caímos a un lugar opuesto al Buen Pastor, que en
comparación había sido una especie de Liceo de señoritas. El penal estaba
directamente a cargo de los militares.
Encontré a las compañeras muy deterioradas
físicamente pero su moral eera alta. Acababan de asesinar a la pareja de una de
ellas. Al compañero René lo habían estaqueado a lo Tupac Amaru, en una forma
cruel. Le estiraron de sus extremidades con tientos, desnudo, tirado en el
suelo. Le tiraban agua fría en un día de invierno hasta que su corazón había
hecho un paro. A otra compañera, la Charito, por la cual guardé un cariño
enorme, le hicieron lo mismo. Sobrevivió. En la parte de los varones estaban
compañeros míos, Tony, el Gringo. Pero, yo no lo sabía.
Las compañeras en la penitenciaría, en general
tenían causas judiciales. Habían estado incomunicadas durante todo el tiempo y
sufriendo permanentes amenazas. Algunos de sus compañeros varones habían sido
sacados de la cárcel y asesinados bajo la excusa de intento de fuga.
Al tiempo, también sin decirnos, nos sacaron
de ahí y nos subieron a una avioneta, vendadas, tiradas en el suelo. La
avioneta volaba bajo, no tenía puertas, entraba viento. Todo el tiempo nos
amenazaban. Con el tiempo pensé que debió ser una de las que la aeronáutica usó
para tirar compañeres al mar. Nosotras no sabíamos que utilizaban ese
método. Ese viaje fue una verdadera tortura hasta que llegamos a Buenos
Aires.
La cárcel de mujeres de Devoto.
Al fin, llegamos a Devoto, donde nos sacaron las
vendas y nos dijeron donde estábamos. Un gran alivio. ¡Una cárcel legal! Más de
800 mujeres, y más pensando en que salían algunas y entraban otras,
distribuidas en dos edificios, el de pabellones y del de celulares, separados
del de los hombres, presos comunes, en el barrio que llevaba ese nombre. El
régimen era totalmente distinto. En el pabellón que me tocó teníamos acceso a
diarios, a la lectura de libros de la biblioteca del penal, a recibir cartas de
nuestra familia y visitas.
Fui muy afortunada porque tuve la visita casi
semanal de mi familia, una vez mi padre, otra mi madre y todas las semanas de
mi hermana, Irene. También recibía cartas todas las semanas. Un cariño muy
grande que me sostuvo los 3 años que estuve presa. Mi hermana era apoyada por
un equipo de compañeros del partido que la asistía a ella y a los familiares de
los presos para que éstos, a su vez, nos transmitieran información de lo que
estaba pasando afuera. El sostén moral de las y los presos fue una tarea militante
de nuestro partido durante la dictadura. Recuerdo que había una señora mayor,
Cachita, que no recibía cartas. Estaba presa para castigar a su hijo del ERP
cuyo destino se desconocía.. Su marido había fallecido. A Cachita le gustaba
escuchar las cartas de mi madre porque eran muy lindas. Le conté a mi madre y
desde entonces le dedicaba un saludo. Cachita esperaba las cartas de mi madre
que ella no recibía.
Mi hermana también era militante y era la que nos
llevaba semanalmente información de cómo estaba la situación política. Luego se
la transmitía a las compañeras del penal que eran del partido y que no.
Desconocer lo que pasaba afuera era un elemento de incertidumbre y angustia. Yo
había tenido una sola visita de contacto al llegar. Se le llamaba así antes de
que nos impusieran el régimen de locutorio por el que un vidrio te separaba de
la visita y en el medio había un tubo por el cual pasaba la voz. En esa única
visita de contacto pude pasarle a mi hermana un caramelo con un código.
El caramelo consistía en escribir una información
en el papel finito blanco que sacábamos de los papeles de cigarrillo
separándolo con agua del papel metalizado. En papel, ya seco, se podía escribir
con letra chiquita, doblar hasta que quedara del tamaño de un caramelo,
envolver en un pedacito de bolsita de plásticoy sellarlo con un fósforo. Ya
estaba listo, podía ser transportado en la boca hasta otra compañera de otro
pabellón en un pasillo o en el cruce de una visita.
En ese caramelo, en la única visita de contacto que
tuvimos, le pasé un código que era más o menos así: la abuela era la burguesía,
el abuelo el gobierno, la tía la internacional, el tío el partido, los nietos
el movimiento obrero, papá y mamá, los verdaderos padres nuestros. Así mi
hermana podía decir: “la abuela anda mal con el abuelo, está disconforme, el
abuelo se está quedando solo, además los nietos empezaron a moverse, no
aguantan no tener plata, el tío se está recuperando de los golpes que sufrió”
Eso quería decir que la burguesía estaba alejándose del gobierno, que el
movimiento obrero había empezado a luchar y que el partido andaba
mejor. Ese pequeño mensaje era vital para nosotras, para tener confianza
en que en algún momento esto iba a terminar.
La solidaridad y la vida diaria
En Devoto también construimos una comunidad
solidaria. Las presas de la guerrilla, que llevaban años de experiencia en
cárceles, habían instalado una cultura de solidaridad que reivindico y nos
ayudó mucho. Una tarea muy importanate era mantener la moral de todas y que
ninguna cayera en depresión. Especialmente abrazar a las compañeras que venían
de algún lugar de detención con torturas.
La ecónoma era una compañera electa para llevar la
contabilidad de los ingresos y el pedido a la cantina del penal. Así, cuando
una recibía fondos de su familia avisaba a la ecónoma quien asignaba que
elementos debíamos pedir a la cantina. Luego todo se distribuía en forma
equitativa: detergente, jabones, leche, azúcar, yerba, cigarrillos. También la
ropa que llegaba se repartía entre las que no tenían.
Aquí también había una organización interna de
actividades, cursos, teatro, lecturas, cine. A las 20 hs nos apagaban las luces
y la noche se hacía eterna. Entonces empezaba el cine. La que recordaba una
película la contaba en voz alta, en colores. Charito, la compañera estaqueada
en la penitenciaría de Córdoba me enseñó francés. Recuerdo que le di a mis
compañeras la última escuela de cuadros del partido sobre la historia de la IV
internacional. ¡En plena dictadura, en una cárcel!
.
Cada una de nosotras decoraba su pequeño espacio de
la cucheta colgando fotos de su familia, adornitos. Era como el rincón de
raíces donde sentías intimidad en medio de un pabellón donde convivías las 24
horas con 30 personas que acababas de conocer. Un remanso, tu hogar. Aunque no
todo eran rosas. Lo peor eran las chinches que anidaban en colchones y caños de
las camas. Una plaga que te picaba y perseguímos durante todos esos años.
Los festejos de cumpleaños eran obligatorios.
Ese día se hacía alguna repostería con lo que teníamos: leche en polvo, pan y
azúcar. Las mil formas de usar esos ingredientes fueron desarrollando la
imaginación: dulce de leche, ricota, tortitas, yogurt con una cepa que había
sobrevivido ya varios años. Se le hacían regalitos a la del cumpleaños y se le
cantaba las mañanitas del Rey David. Prohibido caer en depresión.
La guerrilla había ido acumulando poemarios de
poetas y letras de canciones de la guerra civil española, de los tiempos de la
Unidad popular en Chile que compartíamos. Las de Miguel Hernández eran las más
populares: “Cartas, cartas, escríbeme a la tierra que yo te escribiré”.
Otra muy cantada era La nana de la cebolla porque hacía pensar en la familia. “La
cebolla es escarcha, cerrada y pobre, Escracha de tus días y de tus noches, …”
Las fiestas de fin de año eran preparadas con
antelación. Habíamos inventado un árbol de navidad con guirnaldas de flecos de
papeles de cigarrillos plateados que colgábamos desde la ventana hasta los
alambres del tender para secar la ropa. ¡Quedaba hermoso!
En el 77 nos enteramos que había fallecido Carlitos
Chaplin. Entonces nuestro pabellón, el 27, decidió armar una obrita de teatro
con pasajes de películas de Carlitos en su homenaje. Estuvimos semanas
preparándonos. Yo iba a hacer de Chaplin. Con diarios y engrudo agrandé mis
zapatos y los pinté con betún negro. Igualmente me fabriqué un sombrero de copa
y no recuerdo con qué, la cola del frac. Un bastón de una compañera. Talco para
la cara y cenizas para las ojeras de los ojos. Llegó la hora del recreo y tenía
que salir corriendo al pabellón del fondo donde sería la función sin que me
notaran las “bichas” (así se llamaba a las guardianas). Unos minutos antes, la
bicha pasó por el pabellón, miró a todas formadas y dijo: “¿Dónde está
Marrone?” Yo estaba ya disfrazada, escondida en las letrinas. Tuve que
levantarme. Cuando me vio, no pudo con la risa. Se fue y no dijo nada. Ese día
hicimos el teatro como nunca. Representamos la escena de la manifestación
cuando Carlitos termina encabezando una con una bandera roja.
En el patio podíamos hacer algo de ejercicio.
Jugábamos al futbol con una pelota de medias. Yo era muy torpe. Una vez pegué
patadas a una compañera que me tuvo que frenar. Todo esto para contar que
renovamos nuestra fuerza y nuestras ganas de vivir.
También estaba nuestra estética personal. El penal
nos obligaba a usar pantalones azules, muy aburridos. Algunas muy habilidosas
habían empezado a coser blusas o carteritas para llevar los cigarrillos
colgados con las sábanas del penal bordadas con hilos de toalla que
destejíamos. Hacíamos biyuteri con bolitas de miguitas de pan coloreadas en
base a lanas de pulloveres desteñidas. Pulseritas con macramé, también de hilo
de toalla. Siempre arregladas, salíamos a la hora de patio a pasear, que era el
momento de ver otras caras y por supuesto, de punta en blanco cuando recibíamos
visitas. Nada de deprimir a nuestros familiares y a renovar las ganas de vivir.
La lectura y la comunicación
Como ya conté más arriba, los caramelos entre
pabellones y la información en código que venía por las visistas nos mantenía
un poco ubicadas en lo que pasaba en el mundo exterior. Otra tarea muy
importante era mantener la información a los pabellones que estaban sin diarios
o sancionados. Las que teníamos diarios hacíamos resúmenes de las noticias y
armábamos caramelos. Los caramerlos podían distribuirse por contacto con otro
pabellón o hacia otro piso por medio de la "pesca". Esta consistía en
armar cuerdas con hilos de plástico que obteníamos destejiendo bolsas de red.
Pedíamos a nuestros familiares que nos trajeran cosas en ese tipo de bolsas y
así se tejían cuerdas. A esas cuerdas se les ataban recortes de las
botellas de plástico de detergente. En la punta de la cuerda se ataba el
caramelo envuelto en bolsitas de plástico. Cuando se quería enviar el
correo, se golpeaba con el palo de una escoba el techo o el piso del baño con
letrinas para avisar al otro piso que había correo. Entonces se vaciaba la letrina
con un tarro recortado de las botellas de detergente hasta que quedaran vacíos
de agua. Se tiraba la cuerda, y al mismo tiempo los dos pisos tiraban agua para
enganchar las dos cuerdas con los recortes de plástico. Una vez enganchados, se
avisaba al otro piso para que los subiera y desenganchara. Éste recogía el
correo y devolvía la cuerda desenganchada al tubo de la letrina. Una obra de
ingeniería que en mi pabellón la armó una uruguaya de los Tupamaros.
Otra preocupación era nuestra formación. Leíamos
libros de historia y mucha literatura latinoamericana. Gabriel García Marquez,
Juan Rulfo, José María Arguedas, Nicolás Guillén, Alejo Carpentier, Miguel
Angel Asturias. Las presas de la guerrilla en los años previos al golpe, habian
ido donando libros a la biblioteca del penal que eran de gran nivel literario.
Un disfrute.
El bibliotecario del penal no era muy lector, me
pareció. Principios elementales de filosofía de Politzer, un libro de
introduccion al marxismo fue el libro más pedido por nosotras con el que
armamos grupos de estudio en plena dictadura. Nunca lo censuró. Claro, el
título no decía nada de su contenido. En cambio, a mi familia le prohibieron
pasar Psicología evolutiva de Gessel, un libro que yo había pedido. Ja! Debió
pensar que tenía algo que ver con la Teoría de la Evolución de Darwin.
También estaba la biblioteca leninista ambulante
clandestina. Las chicas de la guerrilla habían hecho tubitos con la técnica del
carmelo con algunos textos cómo el Qué hacer de Lenin, y lo conservaban en sus
cuerpos: vagina o intestino. Años portándolos. Una vez participé de la
biblioteca y alojé el mencionado tubo en mi cuerpo. ¡Qué pasión por formarnos
en el marxismo-leninismo! ¡Qué confianza en que el futuro de la humanidad iba a
cambiar!
La lucha por la libertad. El Mundial del 78
Durante todos los años de mi prisión recordé la
película Papillón. En ella uno de los presos lucha todo el tiempo por su
libertad. El otro, se acomoda y trata de sobrevivir plantando verduras,
resignado. Yo me debatía entre los dos personajes.
Había que seguir luchando por nuestra libertad, no
solo sobrevivir en la cárcel. Empezamos a preparar nuestras propias defensas
legales. Los y las abogadas afuera estaban sufriendo mucha persecución y hasta
asesinatos para que no siguieran defendiendo presos o reclamando por los
desaparecidos. Una compañera de Vanguardia Comunista que había sido
abogada de la UOM de Villa Constitución nos enseñó a responder en un
interrogatorio. La gran mayoría no tenía abogado o abogada. Mis padres habían
presentado un habeas corpus en Córdoba el 23 de septiembre de 1976. Pero la
justicia no había respondido. Esta compañera era muy creativa e inventó algo
nuevo: que presentáramos nuestro propio habeas corpus ante la oficina de
legales del penal que era una dependencia de Tribunales. ¡Genial! Cientos de
habeas corpus llovieron por fin a la justicia y fue una puerta de salida para
muchas que estábamos a disposición del Poder Ejecutivo sin causa judicial.
Al mismo tiempo que la sororidad fue grande
con las chicas de otras organizaciones, tuvimos discusiones políticas muy
fuertes. Entre el 77 y 78 Montoneros definió que se venía la ofensiva final.
Muchos de sus militantes en el exilio eran enviados a regresar a la Argentina
para esa ofensiva. Eran detenidos y asesinados sin piedad. Recuerdo a una
compañera de celda que tuve en el 78, muy jovencita con un hijo pequeño,
recibir la noticia de que su pareja había sido agarrado en un aeropuerto,
apenas bajó. Me partió el alma. Montoneros y ERP consideraban que dentro
de la cárcel debían “desgastar al enemigo”, que era el servicio
penitenciario. Lo hacían con permanentes reclamos por cuestiones de comida,
lavandería, médicos, que eran justas. Tenían delegadas por piso o pabellón que
se presentaban ante el director del penal con su identidad política. Yo no lo
podía creer, ¡después de lo que sabíamos que ocurría en los campos de
concentración!. Estar en una cárcel legal no era garantía de que no nos
pudieran sacar como ya había ocurrido en Córdoba. Ante alguna negativa,
decidían acciones de protesta como los jarreos. Estos consistían en golpear con
los jarros de metal los barrotes de las rejas haciendo un ruido infernal que se
escuchaba hasta en el barrio de Devoto. Así, terminaban sancionadas en
calabozos. Recuerdo que muchas perdían la visita de sus familiares que a lo
mejor habían viajado desde lejos, sin recursos y se quedaban afuera,
angustiados, esperando sin verlas. Yo les discutía que estaban equivocadas, que
eso no desgastaba al penal sino a nosotros y que la tarea era preservar la
integridad de las compañeras para que salieran mañana fuertes a seguir
militando. Hasta escribí un caramelo dirigido a ambos partidos para abrir la
discusión. No me contestaron. Siguieron. Pero al menos tuvimos claridad
nosotras, las del PST, distribuidas en distintos pabellones, sobre cómo
actuar.
Poco tiempo antes del Mundial, una noche se
llevaron a varias chicas de Córdoba a un supuesto juicio. El temor fue que ese
traslado fuera como los anteriores cuando las mataban con un simulacro de fuga.
Sabíamos que durante el Mundial iban a haber visitas de periodistas
internacionales y que los militares iban a querer limpiar antes las cárceles o
amenazar con nuevos asesinatos, como efectivamente ocurrió. Luego se supo que
la mayoría de los campos de concentración fueron vaciados en los meses previos
al Mundial. En ese momento en Devoto se armó un jarreo impresionante. Todo el
penal quedó incomunicado y creo que afuera no se sabía por qué. Al día
siguiente me tocaba ser trasladada a Tribunales para una audiencia con el Juez
Sarmiento para ampliar mi testimonio respecto a mi habeas corpus pidiendo mi
libertad que antes mencioné.
Al juez nunca lo ví. Pero me recibió su secretario.
Un muchacho joven que quedó muy impresionado cuando amplié mi declaración
contando lo que había ocurrido la noche anterior en el penal. Yo sabía que ese
relato podía complicar mi habeas corpus, pero no podía dejar de sacar afuera la
denuncia. Antes de regresar al penal, tuve una gran alegría. Mi madre y mi tía
Chela, madre de mi querida prima Silvia Hynes, me esperaban en un pasillo de
Tribunales y pude darles la mano a pesar de las esposas con las que la guardiana
me llevaba. Todavía recuerdo la cara de ambas. Mi tía había perdido a su hija
en el 77, embarazada de 8 meses y medio. Silvia, “la chiva” era una jefa
montonera. Yo la conocí poco, pero la admiré y la quise, era una persona de las
más íntegras que conocí en mi vida. Inteligente, generosa, compañera. Mi tía
apoyó mucho a mi madre durante mi presidio. De algún modo hizo transferencia
conmigo como si cuidara a su propia hija.
Regresé al penal y conté lo ocurrido. Las chicas
del ERP supieron que por fin había salido afuera lo que estaba ocurriendo. Al
poco tiempo me volvieron a llevar a Tribunales. Otra vez viajar en celular y
espiar la ciudad por la hendija de la celdita. Una bocanada de aire, mirar las
calles, la gente, los edificios. Otra vez ponerme en una celdita encerrada
esperando ser llamada a declarar. Esta vez abrieron la puerta y aparecieron
varios señores mayores de traje, muy serios. Yo no sabía quienes eran. Me preguntaron
por todo lo que había dicho del traslado no declarado de las chicas en Devoto.
Cerraron la puerta y se fueron. Alguien me dijo entonces o después que eran
integrantes de la Corte Suprema de Justicia. Mi declaración había llegado a
ella. Nunca supe si eso influyó para que las chicas fueran regresadas al penal
enteras. Pero así ocurrió.
Cada tanto el director, Sr. Galíndez, temido por
todas nosotras, te llevaba a su despacho a “verduguearte” como le llamábamos a
los malos tratos de algunos penitenciarios, no todos. A mí me llamó varias
veces y me decía que sabía que yo hacía política dentro del penal. Vaya, ¿quién
le informaba? Así, poco tiempo después de mis declaraciones en Tribunales, sin
mucha explicación, un día me sacaron de los pabellones donde estábamos las
presas a disposición del Poder Ejecutivo Nacional, y me llevaron sancionada a
un calabozo en el piso superior por15 días. Fueron los más duros de mi
presidio. No tener con quien hablar. Ahí descubrí qué si me daban a elegir qué
era lo que no prefería prescindir en la cárcel: libros, sol, comida o compañía
humana, ya tenía la respuesta: compañía. La soledad enloquece. A los pocos días
empecé a hablarme a mí misma diciendo pavadas y a jugar con las hormigas.
Descubrí que podía alterarles el camino cortándolo con una marca con el dedo
con firmeza. Parecía que la energía de mi cuerpo formara una barrera que no les
permitía avanzar. ¡Vaya ocupación! Días jugando con las hormigas. En cambio, si
hubiera tenido una compañera a mi lado, cualquiera, podríamos contarnos cosas
de nuestras vidas o proyectos, o lecturas, hubiera sido interminable.
Terminada la sanción me trasladaron a los
celulares. ¿Represalia? Los celulares eran pequeñas celdas de 2.50 m x 2.50m
aproximadamente donde había 4 camas en cucheta, una piletita y una
letrina. Ahí vivíamos 4 presas, comíamos y hacíamos nuestras necesidades
sin privacidad. “Chicas…voy al baño” anunciábamos y el resto sabía que
habría olor. Una hora por día nos abrían las puertas y podíamos pasear por un
espacio mayor y a veces salir al patio al aire libre. En esa hora había que
aprovechar para una ducha, con agua fría hasta que al final pusieron agua
caliente. Siempre recuerdo los aromas de los jabones al bañarnos. Era curioso.
La falta de aromas lindos había agudizado el olfato. Cuando había un olor
distinto, lo percibíamos con más intensidad que en la vida en libertad. No
fueron tiempos fáciles.
Llegó el Mundial. ¿Quién puede explicar la pasión
del futbol en Argentina? Cada gol de la selección de Argentina se festejó en
Devoto. En los celulares no teníamos radio ni diarios. Pero algunas celadoras
se conmovían y prendían la radio fuerte de modo que las celdas más cercanas
escuchaban la trasmisión del partido. Cuando Argentina hacía gol pasaban la
data por morse en la pared a la celda vecina y asi llegaba a todo el piso. El
morse y el lenguaje de señas era muy usado. Todas aprendimos a usarlo. Las señas
para subirse a una cucheta y pasar información de celulares al edificio de
pabellón. El morse para comunicarnos dentro del mismo piso entre celdas. El
morse usa rayas y puntos. Traducido a lenguaje auditivo, hacíamos el punto con
un golpecito con una birome y la raya con un raspón. A medida que iba avanzando
la noticia del gol, las celdas empezaban a gritar: ¡Gol! Estaba prohibido
gritar, pero, ni los penitenciarios se animaban a sancionar esa alegría.
Durante
estos años fueron llegando distintas compañeras del PST de distintas
provincias. En Devoto cuando llegué estaba Lita. S., compañera tucumana que se
había ligado la cárcel desde el 74. ¡pobre! Fue la que me ubicó en el
penal cuando llegué. Por mi culpa fue sancionada una vez que le di un caramelo
en una visita y la pescaron. La sancionaron y la sacaron del pabellón con
diarios y se la llevaron a celulares. Nunca me lo perdoné. Luego llegaron
compañeras de la Plata, la Negra, y otras más que ya no recuerdo. Un año
después las cordobesas que venían de pasarla mal en el Campo de la Rivera,
torturadas, habiendo sufrido violencia de género. Y al final, cuando estaba por
obtener mi libertad, las santafecinas, que no llegué a conocer porque estábamos
en diferentes lugares. Algunas de ellas narran su experiencia también en este
blog.
En
1979 la Nación publicó la lista de personas a las que la Corte Suprema había
ordenado al Poder Ejecutivo que nos diera la libertad. La primera lista desde
el 76. Los militares no querían liberarme y dieron curso a mi pedido en
paralelo de hacer uso del derecho de opción a salir del país. Una figura de la
Constitución que permite, bajo estado de sitio, a las personas presas irse del
país. Tenés que tener un país que acepte recibirte. Mi padre y mi madre
ya se habían movido para gestionarme la doble ciudadanía italiana y el cónsul
de Italia había cursado nota pidiendo mi libertad. Los meses hasta que se
concretó el día de partir fueron interminables. Como se estilaba, la que se iba
en libertad donaba toda su ropa y libros al economato. Con lágrimas en los ojos
dejábamos a tantas compañeras con tanto compartido. A las que conocimos sus
familias porque compartíamos la lectura de las cartas, con las que debatimos
juntas sobre la realidad o la estrategia de defensa ante la justicia, con las
que lloramos algún familiar muerto, o festejamos alguna alegría. Habíamos sido
familia, de algún modo durante esos años y tal vez no nos volviéramos a ver
más.
En
Ezeiza me esperaba mi familia, mi madre, mi padre que viajaría conmigo a
Italia. Me habían preparado una valija con ropa, algunos recuerdos para
mantener raíces con mi pasado. Por fin pude abrazarlos.
Llegué
a Roma el 1ro de mayo de 1979. Cuando bajamos del avión nos esperaban
compañeros de nuestra corriente internacional con un cartelito con mi nombre. “Chao
Laura”. Me sorprendí. ¿Recién llegaba y me despedían? Luego supe que en
Italia, Chao, quiere decir ¡hola!. Empezamos a recorrer Roma hasta el
hotel que nos alojaría. Y nos topamos con una manifestación con banderas rojas
que cantaba la Internacional. ¡Glup! El contraste con mi pasado reciente no
podía ser mayor. Lágrimas me corrieron por los ojos. Otra vida me
esperaba.
Ahí
empezó otra historia que contaré otro día.
Buenos Aires, 19 de marzo de 2026
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